Partitura para un ritual
por Carolina Pinciroli


Frente a los incesantes estímulos del presente, el arte encuentra refugio en la repetición lenta y contemplativa. Esta muestra reúne las obras de Alejandra Mizrahi y Dana Ferrari que a través del tejido y la acuarela ofrecen experiencias de calma y conexión. Sus piezas nos invitan a redescubrir la memoria y la meditación como antídoto ante la prisa contemporánea.

La vulnerabilidad de sus obras contrasta con la inmediatez tecnológica en un tiempo donde todo se acelera, estos diálogos mínimos nos recuerdan la fuerza transformadora de la intimidad creativa. Alejandra y Dana trabajan desde un lugar introspectivo: repeticiones sutiles, ritmos detenidos que se vuelven mantras. Alejandra urde y traza con delicadeza puntadas ancestrales; Dana pinta y danza con pinceladas que se suceden en un ritual silencioso. Sus prácticas -urdir, tejer, pintar, danzar- son acciones que nacen de un espacio interior de reflexión y devuelven al público un momento de ternura en un mundo marcado por lo instantáneo.

Más allá de la pureza estética, estas obras son ejercicios de conciencia plena. En el caso de Alejandra, cada hebra trae un legado: el murmullo de la lana al entrelazarse evoca generaciones de tejedoras y portadoras de saberes manuales. Para Dana, el gesto de la pincelada se convierte en un compás corporal, donde el espacio en blanco del papel se llena de una música muda que vibra en cada trazo.

Estas obras nos invitan a desacelerar la mirada y a escuchar el pulso interno de la creación. Nos recuerdan que la verdadera revolución puede surgir de lo diminuto. En ese recorrido íntimo hallamos un refugio frente al vértigo contemporáneo, un recordatorio de que el arte, como práctica meditativa, nos conecta con nuestra propia esencia, permitiéndonos encontrar sentido en el trasunto de cada forma repetida.

Alejandra explora la materialidad del tejido usando lanas teñidas con pigmentos naturales e hilos sintéticos, combinando técnicas de dos agujas y ganchillo. Sus prácticas se nutren de la tradición de las randeras, entrelazadas con patrones contemporáneos. Tal como apunta Rozsika Parker en La puntada subversiva, el bordado es una práctica cultural rica en iconografía que "se utiliza invariablemente para evocar el hogar’’ (Parker, 2010, pág.2). Esta perspectiva subraya cómo cada puntada, además de construir formas, evoca territorios de intimidad y pertenencia.

Los tejidos de Alejandra son el fruto de una labor que requiere paciencia y perseverancia: cada hebra teñida, cada punto en el patrón y cada torsión de hilo demandan horas de dedicación, transformando el paso del tiempo en una obra de arte viva.

Para esta muestra, Alejandra propone dos instalaciones:
- Los móviles tejidos, como pequeñas esculturas colgantes cuyos bastidores orgánicos e irregulares, equilibrio perfecto entre estructura y fluidez- dan lugar a cascadas de color y forma, - Un gran paño tejido que se despliega en el tramo medio de la escalera, fragmentando el espacio y sugiriendo atmósferas misteriosas. Cada punto y cada técnica funcionan como un gesto meditativo, alternando ritmos y colores.

Dana Ferrari fusiona la pintura con la performance creando acuarelas en movimiento. De pie sobre el papel, sus largos pinceles se convierten en extensiones de su cuerpo que trazan redondeles de suaves tonalidades pastel y en algunas ocasiones, se explaya en colores vibrantes. Sobre cada superficie se suceden círculos, cruces, horizontales y verticales, componiendo una suerte de pentagrama cromático.

La obra de Dana es silenciosa y musical a un tiempo, sus marcas evocan notas suspendidas en el espacio, invitando al espectador a leer la obra como si fuera una partitura invisible. Más allá del gesto automático, cada pincelada es el resultado de un control preciso del ritmo y la respiración; su cuerpo se desplaza con cadencia, marcando tiempos de pausa y aceleración. El círculo, figura central de su poética, se repite en diversas escalas y matices, como si cada revolución de color fuese un compás en un concierto íntimo. De este modo, el papel no solo registra tinta, sino que vibra con una armonía tácita.

Al transformar el espacio pictórico en un espacio coreográfico, Dana redefine la relación entre artista, obra y espectador, en donde la contemplación pasiva da paso a un intercambio vibrante, donde la lectura visual se funde con la memoria sonora de los signos y las notas que resuenan en la imaginación.

Partitura para un ritual plantea un encuentro poético entre los lenguajes textil y pictórico que hunden sus raíces en prácticas milenarias y las proyectan hacia un presente sensible. Ellas nos ofrecen, a través de la paciencia de la hebra y la coreografía de la pincelada, una cartografía emocional donde cada gesto se vuelve signo y cada signo, puente hacia lo más íntimo. Sus mantras creativos desafían la velocidad y la superficialidad de nuestra época, invitándonos a redescubrir la tranquilidad en la repetición, penetrando en un territorio donde arte, memoria y cuerpo convergen en un diálogo sereno, capaz de transformar la percepción y reavivar la conexión con el presente.

Los invitamos a recorrer este diálogo de formas mínimas, a sumergirse en la cadencia de los tejidos y en la música silente de las acuarelas, y a dejar que estos puntos y círculos dibujen, en su propia experiencia, nuevos caminos de contemplación compartida.